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COMPLICACIONES QUIRÚRGICAS ( RIESGO QUIRÚRGICO - RIESGO ANESTÉSICO ) |
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Material Enviado Dr. Ramón Perdomo - Fri, 22 Oct 2004 17:07:57 -0400 |
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Re: Anestesiología (AMI®-List) Complicaciones Quirùrgicas. |
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Sistema Complejo como es el Acto Anestésico
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| INTRODUCCION | |
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AMI En
un sistema como el acto anestésico, existen tres atributos básicos que
se deben tener presentes para elaborar las estrategias más adecuadas para
comprender los riesgos propios del proceso que estamos analizando: la
complejidad de la estructura involucrada en el proceso, los componentes
del sistema que interactúa de una manera compleja y el sistema tiene una
gran variabilidad intrínseca. Debido a su gran variabilidad intrínseca,
las interacciones entre los elementos constituyentes del formado por paciente/anestesia/cirujano/operación/medio
asistencial, medio social, etc., no
son absolutamente predecibles, actuando como verdaderos «inductores del
error anestésico»,
causales de incidentes anestésicos y/o determinantes de la
morbimortalidad anestésica. |
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Tanto
en los textos como en los los profesionales de la medicina existe
una gran confusión sobre el significado y el alcance que se debe dar a la
expresión «riesgo quirúrgico». Para
poder definir claramente el Riesgo Quirúrgico debemos comenzar por
reconocer que el concepto es multifactorial,
y no sólo una expresión o el resultado de la evaluación de las
condiciones clínicas del paciente que se va a operar. Vamos
a poner un ejemplo para que podamos entender más claramente el alcance de
los conceptos antes definidos. Supongamos
que estamos recorriendo un automóvil . El
riesgo, o sea la probabilidad, de que tengamos un accidente de tránsito,
dependerá de una serie de circunstancias, cada una de ellas funcionando
como un factor de riesgo: estado de la ruta, condiciones climáticas,
condiciones del vehículo que estamos manejando, nuestro estado físico o
el de nuestros acompañantes, condiciones en que se hallan los otros vehículos
que transitan por la vía, y así podríamos seguir enumerando hasta el
infinito. Es indudable que cada uno de los factores enumerados actúa como un predictor de riesgo de la posibilidad de que nos accidentemos o no. Su identificación, reconocimiento precoz y la evaluación adecuada que hagamos sobre la influencia que juega en el proceso, hará menos probable que el accidente se produzca (aunque raramente se podrá evitar por completo). En
este mismo sentido, el RIESGO QUIRURGICO es la probabilidad
de que aparezcan resultados adversos, como consecuencia de la situación
creada por la operación, incluyendo al período transoperatorio y al
postoperatorio (desde
las 24 horas inmediatas, hasta varios días después de efectuada la
operación). Por lo tanto RIESGO QUIRURGICO es la expresión GLOBAL DEL
RIESGO que corre el paciente que será operado frente a las múltiples
situaciones o contingencias relacionadas con el acto quirúrgico (no
sólo la operación y/o la anestesia). Sin
embargo, toda vez que se intenta evaluar el RIESGO QUIRURGICO, existe
una tendencia a dirigir nuestra atención exclusivamente al estado físico
o a las condiciones patológicas del paciente. En
el caso del ejemplo antes mencionado, sería como dirigir nuestra atención
exclusivamente a las condiciones en que se halla la ruta, o a su grado de
congestionamiento, o a la forma como manejan los otros conductores, etc.,
sin tener en cuenta la otra gran variedad de factores que intervienen en
el proceso. Pero todos sabemos que el riesgo de accidentarnos en nuestro
viaje, depende de la suma de muchos
otros factores (las condiciones de nuestro vehículo,
nuestra prudencia para manejar, la velocidad a la que conducimos, etc.,
etc.) que también deben ser considerados a la hora de evaluar nuestras
probabilidades de terminar sin inconvenientes el viaje. De
la misma manera el RIESGO QUIRURGICO está determinado por la suma de un
gran número de factores de riesgo,
los que, sin embargo, se pueden agrupar en 3 categorías bien definidas. 1.
La primera categoría corresponde a los factores
dependientes del medio asistencial donde se realiza el acto quirúrgico. Existe
una clara diferencia en la incidencia de morbimortalidad postoperatoria
entre distintas instituciones de asistencia médica. Estas diferencias sólo
pueden ser atribuibles a la disimilitud de las condiciones en que se
realiza la atención médica: organización,
recursos humanos empleados, recursos materiales y técnicos,
diseño, calidad, antigüedad,
disponibilidad, mantenimiento
y renovación
de los equipos que
utiliza, características
físicas del quirófano y de sus adyacencias, existencia
o no de laboratorio clínico
o de una sala de recuperación,
etc., etc., etc. Según Vila Sánchez y de Andrés Ibáñez la participación
de este factor en la morbimortalidad ligada al acto operatorio ha sido
valorada por distintos estudios epidemiológicos entre un 27
y un 30%
(datos de Lunn y de Moir respectivamente). 2.
La segunda categoría corresponde a los factores
dependientes de la actitud, capacidad,
conocimientos, experiencia, estado físico, estado
anímico,
etc. del equipo médico tratante. En
este grupo deben incluirse el tipo de anestesia que se le efectuará, los
agentes anestésicos seleccionados, el tipo de operación que será
realizada, su duración,
la experiencia, conocimientos y habilidad del anestesiólogo y cirujano, y
muchísimos otros factores . 3.
La tercera categoría corresponde a los factores
dependientes de las condiciones
sociales,
psicofísicas, clínicas y patológicas del paciente, y/o del tratamiento
al que será o ha sido sometido: sus antecedentes médicos, sociales y
culturales, los antecedentes familiares, su estado físico actual, la
medicación que ha
recibido y que está recibiendo, su raza y color, su sexo y tantos otros
factores más. |
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En
ese contexto, RIESGO ANESTÉSICO es la probabilidad de que
aparezcan resultados adversos, enfermedad o muerte como consecuencia de la
administración de la anestesia, en el sentido contenido en el complejo
proceso que el acto anestésico representa según veremos . A
pesar de ser la anestesia un procedimiento sometido permanentemente a rígidos
controles y rigurosos estudios analíticos para diseñar nuevas pautas de
actuación que permitan obtener la máxima eficacia, calidad y seguridad
con el mínimo riesgo para el paciente, la
anestesia no se halla exenta de riesgos, al igual que no
lo está ninguna otra actividad del hombre.
Sin embargo, la
aparición periódica de complicaciones
es muchas veces percibida
como el resultado de deficiencias técnicas,
de errores de criterio
en la aplicación de procedimiento más acordes con las condiciones clínicas
y quirúrgicas del paciente, o como un problema relacionado con la
vigilancia transoperatoria del enfermo. En
este sentido, intentar enumerar la multitud de factores que pueden
resultar riesgosos para una persona bajo anestesia, es como
intentar enumerar todos los peligros que acechan al individuo
en cualquiera de las múltiples circunstancias ligadas con su actividad o
inactividad cotidiana como podría ser por ejemplo, salir o dejar de salir
a la calle. La
complejidad del problema reside esencialmente en que dentro del concepto
de riesgo, se engloba no sólo la exposición a la circunstancia
generadora del riesgo (en nuestro caso, anestesia/anestesiólogo,
operación/cirujano), sino cierta susceptibilidad individual
(la población expuesta y vulnerable por su edad, sexo, estado físico,
estado de nutrición,
obesidad, consumo de cigarrillos, consumo de drogas,
enfermedades asociadas conocidas o desconocidas aún, patologías
subclínicas, etc.), como así también una serie imprecisa y a
veces incontable de circunstancias condicionantes que actúan como factores
adicionales y contribuyentes de riesgo
(medio demográfico y/o social donde se realizará el acto médico, las
características propias del hospital, su equipamiento,
la existencia o no de servicios
complementarios de diagnóstico o tratamiento, sus recursos
humanos, etc.) o de situaciones bajo las cuales se realizará la operación
y la anestesia (emergencia, estado de desastre natural,
etc., etc.). Por esta razón, la predicción del riesgo anestésico, al igual que la de los fenómenos vinculados a los hechos biológicos, está afectada de un cierto grado de incertidumbre que procede, en parte, del carácter incompleto de los conocimientos que poseemos de los hechos naturales, pero que además es el resultado también de la aparición siempre posible de fenómenos novedosos e inesperados, o de hechos que hayan sido pasados por alto en el momento de describir un fenómeno determinado. Los ejemplos que en este sentido puede ofrecer la anestesiología son infinitos. Precisamente,
conviene anticipar que uno de los problemas que subyace a la incertidumbre
propia de la predicción del riesgo anestésico (al igual que el riesgo de
cualquier otra actividad humana), reside en la imprevisibilidad de
muchos de los fenómenos vinculados con su administración y con la
imposibilidad de predecir y/o de prevenir gran parte de sus efectos.
El estado anestésico puede ser alcanzado fácilmente, pero el mecanismo
de ciertas acciones fisiológicas y farmacológicas «normales y/o
anormales» son escasamente comprendidos. Lo
que es claro, es que en cada momento singular de un acto anestésico,
existe una estrecha interacción
entre el conocimiento, la experiencia del equipo profesional
interviniente, los objetivos que espera alcanzar con el acto y los
recursos de que dispone para realizar la tarea (equipamiento,
drogas, infraestructura
del medio asistencial en el que actúa con todo lo que ello implica,
etc.). Si
bien en el centro del sistema está el paciente y su organismo, la
consecuencia final de la serie de hechos o acontecimientos que
caracterizan el acto anestésico (tal cual ocurre con cualquier otro acto
del hombre) no puede independizarse de la influencia
que juegan la tecnología, los recursos materiales disponibles y la
capacidad del recurso humano que participa en la toma de decisiones para
ordenar y dirigir todo el proceso. El manejo clínico del
paciente y sus consecuencias dependerán de la aplicación adecuada de
dichos recursos dentro de ciertas normas ético-científicas que permitan
alcanzar el mejor resultado con los elementos disponibles. |
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En
un sistema complejo como es el acto anestésico, existen tres
atributos básicos que se deben tener presentes para elaborar las
estrategias más adecuadas a los fines de alcanzar el objetivo deseado y
también para comprender los riesgos propios del proceso que estamos
analizando. A)
La complejidad de la estructura
involucrada en el proceso El
acto anestésico está integrado por múltiples
partes que pueden combinarse en infinitas formas, y cualquier
intento de ordenar o de disponer sus componentes con fines de uniformar la
estructura está llamado al fracaso. Por
ejemplo, la estructura puede estar integrada por un cirujano brillante,
por un anestesiólogo mediocre, por un equipamiento inadecuado,
por un paciente de riesgo, por una infraestructura hospitalaria impropia,
por un personal auxiliar cansado o distraído, etc. O
puede estarlo alterando las características de uno o el total de los
componentes nombrados. Y así hasta el infinito. Inclusive
cuando todo parece igual, todo puede ser diferente por la propia dinámica
del proceso, dada la variabilidad instantánea e intrínseca de cada uno
de los componentes que forman su estructura (humor momentáneo del
cirujano, cansancio
circunstancial del anestesiólogo,
distracción sorpresiva del ayudante, falla
mecánica de un monitor,
enfermedad
subclínica desconocida del paciente
que se desencadena inesperadamente, etc.,). La
gran incertidumbre que crea la marcha de un proceso de tamaña complejidad
obliga a incrementar sus componentes (por ejemplo monitores). Las
acciones de una parte del sistema producen reacciones de alguno o de todos
los componentes del mismo. Existe lo que los técnicos denominan tirantez
de acoplamiento estrecho dentro del sistema. Una acción
en particular puede influenciar un gran número de otras reacciones y
muchas de las reacciones que se producen durante el proceso, no guardan
proporción con la intensidad del fenómeno que las puso en marcha. Un
simple incidente puede propagarse al interactuar con otros componentes del
proceso y terminar en una condición crítica como consecuencia de la
puesta en marcha de una serie de fenómenos fisiopatológicos capaces de
producir un daño. Existen
múltiples fuentes de información concurrente que bombardean
continuamente al sistema, y hay una necesidad permanente de mantener una
actitud de vigilante atención ante situaciones rápidamente cambiantes
porque cada acción emprendida puede producir consecuencias inmediatas y
variadas. Algunas
de estas consecuencias son esperadas y aceptadas (hipotensión arterial
como consecuencia de un bloqueo peridural, taquicardia como resultado de
la intubación traqueal, etc.). Pero otras
son totalmente indeseables y muchas de ellas inesperadas
(reacciones alérgicas a los medicamentos, crisis de hipertermia maligna
en sujetos susceptibles, crisis hipertensiva frente al incremento
repentino de la intensidad del estímulo doloroso, ansiedad frente a la
anticipación del acto quirúrgico, etc.). Y
aunque la acción y reacción se identifiquen con todo rigor para
controlar sus posibles consecuencias, de todas maneras podrán presentarse
efectos inesperados en situaciones puntuales e individuales, ya que la
predicción del resultado de la interacción se hace sobre bases
eminentemente estadísticas. Decir que un suceso es más probable que
ocurra de que no ocurra, significa, en último término, aceptar
que nunca habrá una seguridad absoluta que dicho suceso se
ponga en realidad de manifiesto. Y muchas de las decisiones que se toman
en cualquier actividad humana se basan en
conocimientos insuficientes de circunstancias probables .
Por lo tanto, siempre
existirá la posibilidad de una decisión errónea basada en las mejores
razones médicas. Y aunque la elección sea justificada y/o
justificable desde el punto de vista estadístico y jurídico (el
error no implica necesariamente negligencia), es
posible que como consecuencia de la acción tomada se produzca un
incidente o un accidente anestésico de gravedad impredecible. Tomemos un ejemplo tan simple como una punción subaracnoidea con una aguja muy delgada (calibre 26) realizada en las mejores condiciones técnicas. Como consecuencia de este procedimiento, ¿se producirá una cefalea en nuestro paciente que tiene 66 años de edad? La estadística nos dice que existe una probabilidad del 1% de que se presente. Pero nuestro paciente ¿en cuál de los grupos estará enrolado? ¿En el que presentará o no presentará la complicación? Es evidente que aun cuando nuestra elección sea justificada y justificable en virtud de que las estadísticas nos dicen que en las condiciones en las que actuamos, la cefalea no se presentará en el 99% de los pacientes, siempre existirá una posibilidad (1%) de que en nuestro caso ocurra lo contrario. Cuando la situación se refiere a un caso puntual o individual, la estadística implica una probabilidad que va del 0 al 100% sin términos intermedios (o se produce un fenómeno o no se produce). Nuevamente,
los componentes del sistema
paciente/anestesia/cirujano/operación/medio asistencial/medio social,
medio cultural,
etc., interactúan en forma compleja y los resultados de dicha
interacción no son absolutamente predecibles. Por lo tanto no es
posible prever siempre el desenlace final en todas las circunstancias del
complejo proceso al que está sometido el paciente durante la
anestesia/operación. La
investigación en el campo de los accidentes de la aviación ha señalado
que las actitudes individuales en el trabajo en equipo son factores
importantes en la génesis o en la resolución de situaciones problemáticas.
Se ha reconocido que cuando un subgrupo de
un equipo difiere en las estrategias para abordar un
problema y en los criterios para su manejo apropiado, el equipo tendrá
poca probabilidad de funcionar adecuadamente. Actitudes y comportamientos
relacionados con la coordinación, la comunicación, el liderazgo y la
capacidad individual, constituyen elementos altamente predictivos del
rendimiento de la tripulación de un avión. Algo similar debe ocurrir en
toda tarea cuyo resultado final depende de la actividad coordinada de un
grupo de personas actuando en un medio altamente tecnificado e
influenciado por normas individuales, grupales e institucionales como es
la medicina, actuando sobre un sistema mucho más complejo que un avión
como es el ser humano. Algunos
cambios son rápidos (arritmias por intubación), y otros son más lentos
(hipotensión como consecuencia de una anestesia regional central). Otros
son breves, y existen algunos muy prolongados. Pero, todo el
sistema está sujeto a cambios constantes, instante a instante, lo que lo
convierte en un sistema intrínsecamente inestable. Las
interacciones entre los elementos constituyentes de sistemas altamente
complejos actúan como verdaderos sistemas «inductores
del error» debido a su gran variabilidad intrínseca, la
que favorece y promueve situaciones peligrosas debidas a
fallas en la acción coordinada de alguno o de todos sus componentes. Toda
persona que protagoniza la realización o la ejecución de un proceso
complejo, dirige su esfuerzo, en primer lugar, a colocar bajo control el
sistema (avión, paciente, máquina/s, anestesia/operación), y en segundo
lugar, en mantenerlo bajo control mientras se desarrolla el acto en el
cual está empeñado. Desde
el punto de vista eminentemente didáctico, el acto anestésico se puede
comparar al proceso que se sigue durante la navegación. Tanto
el navegante como el anestesiólogo conocen el punto de partida (el
anestesiólogo con menor seguridad que el navegante). Ambos conocen también
el lugar de destino y tratarán de recorrer el trayecto con el menor número
de problemas e inconvenientes. Durante
la navegación, el navegante va calculando la posición actual del navío,
buscando y ajustando el rumbo al mejor recorrido para llegar a destino en
las condiciones más favorables. El anestesiólogo también debe
reconocer, instante a instante, cuál es la real «posición» del proceso
que se está desarrollando en el paciente, y ajustar su curso futuro
buscando alcanzar el mejor desenlace o resultado de su gestión. Este
proceso de corregir el rumbo es repetido tantas veces como sea necesario,
hasta que el destino buscado (el objetivo deseado) pueda ser alcanzado
(aunque no siempre lo sea). Es
obvio que para controlar todo el proceso el operador debe evaluar los
cambios que se producen en cada uno de los factores que integran el
sistema. Y también resulta obvio que sólo podrá hacerlo en una forma
adecuada, si dispone de los aparatos de «navegación»
necesarios, si sabe emplearlos en forma apropiada, y si
conoce, además, el mar por el cual transita. Pero
en la realidad, el
conocimiento del mar que recorre es muy incompleto.
Es la situación cotidiana de la medicina toda, y por lo tanto de la
anestesiología también. El
hecho es que los profesionales de la medicina competimos con
sistemas biológicos y funcionales complejos, los que sólo
comprendemos en forma incompleta. Tratamos de subsanar nuestra
incertidumbre con tecnología cada vez más precisa y sofisticada. Sin
embargo, a pesar de que tecnología y conocimiento se complementan, no se
suplantan recíprocamente. Ambas están dirigidas a colocar bajo control
el sistema (el barco, el paciente) y mantenerlo controlado por todo el
tiempo que dure el proceso (la navegación, la anestesia/operación). Pero
será el navegante quien mediante su decisión tratará de dominar la
marcha del proceso. El
trasfondo del asunto es que en el acto de intentar dominar la marcha de
todo el proceso, el
anestesiólogo, al igual que cualquier mortal, no puede desvincularse de
cierto ingrediente estadístico, de ciertas situaciones latentes
(es decir, incluidas en el sistema sin manifestarse aún) que impiden
precisar, en forma terminante, que un cambio prescrito y/o esperado
producirá, invariablemente, un efecto determinado. Ello
quiere significar simplemente que la determinación del riesgo no rige
para todos y cada uno de los casos enfrentados aparentemente con los
mismos hechos, sino para un cierto porcentaje de ellos, y que el resultado
colectivo (la llamada probabilidad de que un hecho se produzca como
consecuencia de las expectativas derivadas de la acción emprendida)
depende de diferentes acciones individuales, en gran medida independientes
entre sí. Los
conocimientos médicos actuales han permitido ofrecer el tratamiento quirúrgico
a poblaciones
de gran riesgo
(actualmente se intervienen quirúrgicamente pacientes de edad muy
avanzada, se realizan operaciones
cada vez más agresivas y prolongadas,
pacientes que antes nadie se hubiera atrevido a operar) pero la proporción
de muertes anestésicas se ha mantenido en general entre el 1
y 2 pacientes por cada 10.000 anestesias. Una
paciente con prolapso de la válvula mitral (una afección cardíaca
benigna) presentó 2 paros cardíacos: uno, luego de la punción de la
piel de la región lumbar con una aguja de pequeño calibre (N° 25) para
practicar un habón dérmico con el objeto de realizar un bloqueo espinal,
y el segundo, tras la punción de la región de la muñeca con otra aguja
calibre 25, para extraer sangre de la arteria radial. Los autores que
describieron el caso, consideraron que los 2 paros cardíacos fueron de
naturaleza psicógena. Existen casos de paros cardíacos inesperados
producidos en una situación de estrés como consecuencia del desajuste
entre el sistema nervioso simpático o parasimpático. Así por ejemplo,
el predominio del sistema vagal sobre el sistema simpático (vagotonía)
ha sido responsabilizado de paros cardíacos de naturaleza emocional
ocurridos durante procedimientos odontológicos. El
paro cardíaco por shock anafiláctico producido como consecuencia de una
idiosincrasia por hipersensibilidad cruzada a una droga a la cual el
paciente no había sido expuesto previamente, sería otro ejemplo
de la imposibilidad de prever la totalidad de casos que pueden desembocar
en tan grave complicación . Lo
mismo sucede con reacciones farmacológicas inesperadas de naturaleza genética
(la muerte por hipertermia maligna ), o los paros cardíacos por
reacciones farmacológicas aún desconocidas al momento de aparecer la
complicación como ocurrió con la administración de Succinilcolina en
pacientes con lesiones medulares agudas durante la guerra de Corea).
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Por
todo lo expuesto, debemos concluir que con los conocimientos médicos
actuales no
pueden evitarse en todos los casos el riesgo de complicaciones anestésicas,
incluyendo entre ellas la muerte anestésica. Existe
un piso de accidentes por debajo del cual es casi imposible bajar. En
cualquier aspecto de su actividad, el anestesiólogo hace algo al paciente
en forma personal, activa y continua (instante a instante, sin intervalo). Y
en cualquiera de sus fases, puede ocurrir un evento inesperado, generalmente
detectable y rápidamente corregible. Pero
otras veces, el fenómeno es difícil de interpretar y por lo tanto no puede
ser garantizada una intervención exitosa para controlar los eslabones de la
cadena que lo pusieron en marcha.
En estas condiciones todo resultado desfavorable puede fácilmente ser
atribuido a la anestesia y/o la cirugía . Pero
independientemente de que el anestesiólogo, por ser el eslabón esencial
del proceso de administración de la anestesia, tiene una participación
substancial en la aparición de las complicaciones que pueden estar
vinculadas con su actividad profesional ¿hasta
qué punto esta situación lo convierte en responsable del daño que se le
ocasiona al paciente? Podemos adelantar que existen causas ajenas al control del anestesiólogo y que superan sus posibilidades de accionar diligente, formando el grupo de factores que reciben el nombre de errores latentes por estar ocultos en la compleja situación generadora del accidente anestésico. |
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Material Publicado el 02 de Diciembre del 2004 |
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